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Enfermedades zoonóticas: una coexistencia milenaria entre animales y humanos
Las zoonosis, enfermedades transmitidas de animales a humanos, han sido compañeras inseparables de la humanidad desde tiempos inmemoriales. Desde la era neolítica, cuando la agricultura y la ganadería estrecharon la relación entre especies, hasta la actualidad, estos padecimientos han moldeado nuestra historia, dejando huellas imborrables como la Peste Negra. Expertos en virología insisten en que, aunque su aparición pueda parecer casual, cada brote es el resultado de una compleja serie de factores aleatorios que se alinean de forma inesperada.
Enfermedades zoonóticas: un desafío constante desde la antigüedad hasta el presente
En un reciente suceso, un brote de hantavirus a bordo del crucero MV Hondius, que zarpó el 11 de mayo de 2026 desde Madrid, ha reavivado la preocupación global por las zoonosis. Este incidente nos recuerda la vulnerabilidad humana ante patógenos que residen en el reino animal. La viróloga Margarita del Val, destacada investigadora del Centro de Biología Molecular Severo Ochoa (CBM, CSIC-UAM), enfatiza que nuestra coexistencia con estas enfermedades se remonta a la era neolítica. En aquel período, la emergencia de la agricultura propició un acercamiento sin precedentes con roedores, mientras que la expansión de la ganadería, especialmente en Eurasia, creó un caldo de cultivo ideal para la transmisión de nuevos virus. La cría intensiva de animales, una práctica moderna, ha exacerbado este riesgo, facilitando la adaptación de patógenos para su propagación entre humanos.
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), existen más de 200 tipos de zoonosis, y se estima que dos tercios de las infecciones humanas conocidas tienen un origen animal. Esta cifra subraya la profunda interconexión entre la salud animal y la humana. A lo largo de la historia, la humanidad ha enfrentado devastadoras zoonosis; la Peste Negra medieval y la viruela, con miles de años de antigüedad, son ejemplos contundentes. Sin embargo, no todas las zoonosis son antiguas; el hantavirus, detectado por primera vez en Estados Unidos en la década de 1990, y otras más recientes como el coronavirus MERS, la gripe aviar, el virus del Nilo y el Nipah, demuestran la continua evolución de estos patógenos.
La transmisión de un virus de animales a humanos requiere una combinación de «eventos de azar». Del Val explica que un primer «azar» implica una mutación viral que, aunque inicialmente no beneficie directamente al virus, le otorga la capacidad de replicarse en células humanas. El segundo «azar» es que este virus mutado encuentre a una población humana lo suficientemente densa para permitir su transmisión sostenida. Es por ello que las cuarentenas son cruciales para interrumpir estas cadenas de contagio. Además, la cantidad de virus en un huésped infectado es determinante; si la carga viral no alcanza un umbral, la transmisión es improbable, como ocurre con el virus del Nilo Occidental, donde los mosquitos no adquieren suficiente virus de los humanos para seguir propagándolo.
La interacción entre especies no es unidireccional; las zoonosis inversas también son una realidad. Un claro ejemplo es el SARS-CoV-2, el virus causante de la COVID-19. En los últimos seis años, el ser humano ha transmitido este coronavirus a al menos 18 especies animales en diversos continentes. Este fenómeno pone de manifiesto que los humanos no somos ajenos al ciclo de transmisión viral. El cambio climático, por su parte, añade una capa adicional de complejidad al favorecer la proliferación de vectores como mosquitos (responsables de enfermedades como el virus del Nilo o el dengue) y garrapatas, extendiendo su hábitat a nuevas regiones, como la presencia del mosquito tigre en el Mediterráneo. Sin embargo, en otros casos, como el reciente brote de hantavirus, la causa parece estar más ligada a la incursión humana en ecosistemas silvestres habitados por roedores específicos.
Esta intrincada red de interacciones subraya la importancia del concepto de «Una Sola Salud» (One Health). Del Val concluye que la salud ambiental, animal y humana están intrínsecamente conectadas. No podemos esperar a que las unidades de cuidados intensivos se saturen para actuar; es imperativo anticiparnos. Es fundamental monitorear los patógenos que circulan en animales domésticos y silvestres, y comprender el impacto de nuestras acciones en el medio ambiente. Solo a través de un enfoque holístico y preventivo podremos enfrentar eficazmente las zoonosis presentes y futuras, salvaguardando así la salud de todos los seres vivos y del planeta.
La continua aparición y resurgimiento de enfermedades zoonóticas, desde las antiguas plagas hasta los virus más recientes, subraya una verdad fundamental: la salud de los humanos, los animales y el medio ambiente están intrínsecamente entrelazadas. Como sociedad global, debemos reconocer que nuestra interacción con la naturaleza y con otras especies tiene consecuencias directas e indirectas en nuestra propia supervivencia. La lección principal es la necesidad imperante de adoptar un enfoque de «Una Sola Salud». Esto implica no solo invertir en investigación científica y sistemas de vigilancia epidemiológica que monitoreen la salud animal y ambiental, sino también fomentar prácticas sostenibles que respeten los ecosistemas y reduzcan la probabilidad de nuevos saltos de patógenos. La prevención, la colaboración intersectorial y la educación pública son pilares esenciales para mitigar futuras pandemias y construir un futuro más resiliente. Nuestra capacidad para adaptarnos y anticiparnos a estos desafíos determinará la salud y el bienestar de las generaciones venideras.
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