La población de linces ibéricos ha experimentado una notable expansión en la península, alcanzando los 2.663 individuos según el último censo de 2025. Este logro, que incluye 2.269 ejemplares en España y 394 en Portugal, marca un hito en los esfuerzos de conservación, considerando que a principios de siglo apenas superaban el centenar. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) ha respondido a esta mejora reduciendo el nivel de amenaza de la especie de “En Peligro” a “Vulnerable”, aunque la legislación española mantiene su clasificación como “en peligro de extinción”. Esta dicotomía refleja la complejidad de la gestión de especies protegidas y la necesidad de continuar con las medidas de recuperación.
El lince ibérico, un felino de tamaño medio, se caracteriza por sus patas alargadas, cola corta, mechones en las orejas, y un pelaje pardo con distintivas manchas negras. Los machos promedian unos 13 kilogramos, mientras que las hembras rondan los 10. Su actividad principal se concentra en la noche y al atardecer, habitando en entornos de monte mediterráneo, generalmente entre los 400 y 1.300 metros de altitud, con la notable excepción de Doñana, donde se encuentra a nivel del mar. La temporada de apareamiento ocurre en enero y febrero, y tras aproximadamente 70 días de gestación, las hembras dan a luz entre uno y cuatro cachorros, siendo dos la cantidad más común. A diferencia de otros animales ibéricos, el lince permanece activo durante el invierno, coincidiendo con su ciclo reproductivo. Cada individuo establece un territorio que oscila entre los 4 y 20 kilómetros cuadrados, variando según el sexo y la disponibilidad de su presa principal.
La dieta del lince ibérico está casi exclusivamente ligada al conejo de monte, constituyendo entre el 70% y el 97% de su consumo. Esta relación tan dependiente hace que las fluctuaciones en la población de conejos, especialmente a causa de enfermedades, afecten directamente el crecimiento demográfico del lince. Un caso particular es el de Satureja, una hembra nacida en 2021 en Jaén, conocida como el “lince blanco” debido a una alteración en la melanina de su pelaje, que, sin ser albinismo ni leucismo, le confiere un tono más claro. Esta hembra ha sido monitoreada y ha demostrado su capacidad de recuperación y reproducción, como se evidenció en abril de 2026 cuando se le fotografió sana y con una cría, recuperando tonos más habituales tras la muda.
El censo de 2025 identifica 26 núcleos de población de linces, con 18 de ellos registrando actividad reproductiva, la mayoría en España y uno en Portugal. Castilla-La Mancha alberga la mayor concentración, con 1.051 linces, destacando los Montes de Toledo. Le sigue Andalucía, con 885 ejemplares, principalmente en Sierra Morena Oriental y Doñana-Aljarafe. Portugal, específicamente el Vale do Guadiana, es hogar de 394 linces. Extremadura, Región de Murcia y Castilla y León también cuentan con poblaciones, aunque menores. La Sierra Morena se consolida como un eje crucial para la especie, conectando poblaciones en Andalucía y Castilla-La Mancha.
La trayectoria de recuperación del lince ibérico es un testimonio de éxito en conservación. Desde una situación crítica con menos de cien individuos en 2002, la población ha superado el millar en 2020 y los 2.000 en 2023, alcanzando los 2.663 en 2025. Un factor clave en este proceso es el aumento de hembras reproductoras, que sumaron 542 en 2025, un incremento significativo respecto al año anterior. Esta evolución demuestra la eficacia de los programas de conservación y la importancia de mantener un enfoque continuo en la protección de la especie y su hábitat. A pesar de los avances, persisten desafíos como los atropellos en carreteras, la dependencia del conejo de monte y las enfermedades, que requieren atención constante para asegurar el futuro del lince ibérico.
